ZADIG
By
Voltaire
CONTENTS:
CAPITULO
PRIMERO. 6
CAPITULO
II 8
CAPITULO
III. 10
CAPITULO
IV. 13
CAPITULO
V. 16
CAPITULO
VI. 18
CAPITULO
VII. 20
CAPITULO
VIII. 22
CAPITULO
IX. 25
CAPITULO
X. 27
CAPITULO
XI. 29
CAPITULO
XII. 31
CAPITULO
XIII. 33
CAPITULO
XIV. 35
CAPITULO
XV. 37
CAPITULO
XVI. 39
CAPITULO
XVII. 41
CAPITULO
XVIII. 43
CAPITULO
XIX. 47
CAPITULO
XX. 50
CAPITULO
XXI. 54
NOVELAS
DE
VOLTAIRE,
TRADUCIDAS
POR J. MARCHENA.
BURDEOS,
IMPRENTA DE PEDRO BEAUME,
ALLÉES DE TOURNY, NO. 5.
1819.
ZADIG,
ó
EL DESTINO,
HISTORIA ORIENTAL.
DEDICATORIA DE ZADIG
A LA SULTANA CHERAAH, POR SADI.
A 18 del mes de Cheval, año 837 de la
hegira.
Embeleso de las niñas de los ojos, tormento del corazon, luz del
ánimo, no beso yo el polvo de tus piés, porque ó no andas á pié, ó si andas,
pisas ó rosas ó tapetes de Iran.
Ofrézcote la version de un libro de un sabio de la antigüedad, que siendo tan
feliz que nada tenia que hacer, gozó la dicha mayor de divertirse con escribir
la historia de Zadig, libro que dice mas de lo que parece. Ruégote que le leas
y le aprecies en lo que valiere; pues aunque todavía está tu vida en su
primavera, aunque te embisten de rondon los pasatiempos todos, aunque eres
hermosa, y tu talento da á tu hermosura mayor realce, aunque te elogian de dia
y de noche, motivos concomitantes que son mas que suficientes para que no
tengas pizca de sentido comun, con todo eso tienes agudeza, discrecion, y
finísimo gusto, y te he oido discurrir con mas tino que ciertos derviches
viejos de luenga barba, y gorra piramidal. Eres prudente sin ser desconfiada,
piadosa sin flaqueza, benéfica con acierto, amiga de tus amigos, sin colrar
enemigos. Nunca cifras en decir pullas el chiste de tus agudezas, ni dices mal
de nadie, ni á nadie se le haces, puesto que tan fácil cosa te seria lo uno y
lo otro. Tu alma siempre me ha parecido tan perfecta como tu hermosura. Ni te falta cierto
caudalejo de filosofía, que me ha persuadido á que te agradaria mas que á otra
este escrito de un sabio.
Escribióse primero en el antiguo caldeo, que ni tú ni yo
sabemos, y fué traducido en árabe para recreacion del nombrado sultan Ulug-beg, en los tiempos
que Arabes y Persianos se daban á escribir las Mil y una Noches, los Mil y un
Dias, etc. Ulug mas gustaba de leer á Zadig, pero las sultanas se divertian mas
con los Mil y uno. Deciales el sabio Ulug, que como podian llevar en paciencia unos cuentos
sin piés ni cabeza, que nada querian decir. Pues por eso mismo son de nuestro
gusto, respondiéron las sultanas.
Espero que tú no te parezcas á ellas, y que seas un
verdadero Ulug; y no desconfío de que quando te halles fatigada de
conversaciones tan instructivas como los Mil y uno, aunque mucho ménos
recreativas, podré yo tener la honra de que te ocupes algunos minutos de vagar
en oirme cosas dichas en razon.
Si en tiempo de Scander, hijo de Filipo, hubieras sido
Talestris, ó la reyna de Sabea en tiempo de Soleyman, estos reyes hubieran sido
los que hubieran peregrinado por verte.
Ruego á las virtudes celestiales que tus deleytes no lleven
acibar, que sea duradera tu hermosura, y tu ventura perpetua.
SADI.
El tuerto.
Reynando el rey Moabdar, vivia en Babilonia un mozo llamado
Zadig, de buena índole, que con la educacion se habia mejorado. Sabia enfrenar
sus pasiones, aunque mozo y rico; ni gastaba afectacion, ni se empeñaba en que
le dieran siempre la razon, y respetaba la flaqueza humana. Pasmábanse todos
viendo que puesto que le sobraba agudeza, nunca se mofaba con chufletas de los
desconciertos mal hilados, de las murmuraciones sin fundamento, de los
disparatados fallos, de las burlas de juglares, que llamaban conversacion los
Babilonios. En el libro primero de Zoroastro habia visto que es el amor propio
una pelota llena de viento, y que salen de ella borrascas así, que la pican. No
se alababa Zadig de que no hacia aprecio de las mugeres, y de que las dominaba.
Era liberal, sin que le arredrase el temor de hacer bien á desagradecidos,
cumpliendo con aquel gran mandamiento de Zoroastro, que dice: "Da de comer
á los perros" quando tú comieres, aunque te muerdan "luego." Era
sabio quanto puede serlo el hombre, pues procuraba vivir en compañía de los
sabios: habia aprendido las ciencias de los Caldeos, y estaba instruido en
quanto acerca de los principios físicos de la naturaleza en su tiempo se
conocia; y de metafísica sabia todo quanto en todos tiempos se ha sabido, que
es decir muy poca cosa. Creía firmísimamente que un año tiene trecientos
sesenta y cinco dias y un quarto, contra lo que enseñaba la moderna filosofía
de su tiempo, y que estaba el sol en el centro del mundo; y quando los
principales magos le decian en tono de improperio, y mirándole de reojo, que
sustentaba principios sapientes haeresim, y que solo un enemigo de Dios y del
estado podia decir que giraba el sol sobre su exe, y que era el año de doce
meses, se callaba Zadig, sin fruncir las cejas ni encogerse de hombros.
Opulento, y por tanto no faltándole amigos, disfrutando
salud, siendo buen mozo, prudente y moderado, con pecho ingenuo, y elevado
ánimo, creyó que podia aspirar á ser feliz. Estaba apalabrado su matrimonio con
Semira, que por su hermosura, su dote, y su cuna, era el mejor casamiento de
Babilonia. Profesábale Zadig un sincero y virtuoso cariño, y Semira le amaba
con pasion. Rayaba ya el venturoso dia que á enlazarlos iba, quando paseándose
ámbos amantes fuera de las puertas de Babilonia, baxo unas palmas que daban
sombra á las riberas del Eufrates, viéron acercarse unos hombres armados con
alfanges y flechas. Eran estos unos sayones del mancebo Orcan, sobrino de un ministro, y
en calidad de tal los aduladores de su tio le habian persuadido á que podia
hacer quanto se le antojase. Ninguna de las prendas y virtudes de Zadig poseía;
pero creído que se le aventajaba mucho, estaba desesperado por no ser el
preferido. Estos zelos, meros hijos de su vanidad, le hiciéron creer que estaba
enamorado de Semira, y quiso robarla. Habíanla cogido los robadores, y con el
arrebato de su violencia la habian herido, vertiendo la sangre de una persona
que con su presencia los tigres del
monte Imao habria amansado. Traspasaba Semira el cielo con sus lamentos,
gritando: ¡Querido esposo, que me llevan de aquel á quien adoro! No la movia el
peligro en que se veía, que solo en su caro Zadig pensaba. Defendíala este con
todo el denuedo del
amor y la valentía, y con ayuda de solos dos esclavos ahuyentó á los robadores,
y se traxo á Semira ensangrentada y desmayada, que al abrir los ojos conoció à
su libertador. ¡O Zadig! le dixo, os queria como
á mi esposo, y ahora os quiero como
aquel á quien de vida y honra soy deudora. Nunca rebosó un pecho en mas tiernos
afectos que el de Semira, nunca tan linda boca pronunció con tanta
viveza de aquellas inflamadas expresiones que de la gratitud del
mas alto beneficio y de los mas tiernos raptos del cariño mas legitimo son hijas. Era leve
su herida, y sanó en breve. Zadig estaba herido de mas peligro, porque una
flecha le habia hecho una honda llaga junto al ojo. Semira importunaba á los
Dioses por la cura de su amante: dia y noche bañados los ojos en llanto,
aguardaba con impaciencia el instante que los de Zadig se pudieran gozar en
mirarla; pero una apostema que se formó en el ojo herido causó el mayor temor.
Enviáron á llamar á Menfis al célebre médico Hermes, que vino con una crecida
comitiva; y habiendo visitado al enfermo declaró que irremediablemente perdia
el ojo, pronosticando hasta el dia y la hora que habia de suceder tan fatal
desman. Si hubiera sido, dixo, el ojo derecho, yo le curaria; pero las heridas del izquierdo no tienen
cura. Toda Babilonia se dolió de la suerte de Zadig, al paso que quedó
asombrada con la profunda ciencia de Hermes. Dos dias despues reventó
naturalmente la apostema, y sanó Zadig. Hermes escribió un libro, probándole
que no debia haber sanado, el qual Zadig no leyó; pero luego que pudo salir,
fué á ver á aquella de quien esperaba su felicidad, y por quien únicamente
queria tener ojos, Hallábase Semira en su quinta, tres dias hacia, y supo Zadig
en el camino, que despues de declarar resueltamente que tenia una invencible antipatia
á los tuertos, la hermosa dama se habia casado con Orcan aquella misma noche.
Desmayóse al oir esta nueva, y estuvo en poco que su dolor le conduxera al
sepulcro; mas despues de una larga enfermedad pudo mas la razon que el
sentimiento, y fué no poca parte de su consuelo la misma atrocidad del agravio. Pues he
sido víctima, dixo, de tan cruel antojo de una muger criada en palacio, me
casaré con una hija de un honrado vecino. Escogió pues por muger á Azora,
doncella muy cuerda y de la mejor índole, en quien no notó mas defecto que
alguna insustancialidad, y no poca inclinacion á creer que los mozos mas lindos
eran siempre los mas cuerdos y virtuosos.
Las narices.
Un dia que volvia del
paseo Azora toda inmutada, y haciendo descompuestos ademanes: ¿Qué tienes,
querida? le dixo Zadig; ¿qué es lo que tan fuera de tí te ha puesto? ¡Ay! le
respondió Azora, lo mismo hicieras tú, si hubieses visto la escena que acabo yo
de presenciar, Habia ido á consolár á Cosrúa, la viuda jóven que ha erigido,
dos días ha, un mausoleo al difunto mancebo, marido suyo, cabe el arroyo que
baña esta pradera, jurando á los Dioses, en su dolor, que no se apartaria de
las inmediaciones de este sepulcro, miéntras el arroyo no mudara su corriente.
Bien está, dixo Zadig; eso es señal de que es una muger de bien, que amaba de
veras á su marido. Ha, replico Azora, si tú supieras qual era su ocupacion
quando entré á verla.--¿Qual era, hermosa Azora?--Dar otro cauce al arroyo.
Añadió luego Azora tantas invectivas, prorumpió en tan agrias acusaciones
contra la viuda moza, que disgustó mucho á Zadig virtud tan jactanciosa. Un
amigo suyo, llamado Cador, era uno de los mozos que reputaba Azora por de mayor
mérito y probidad que otros; Zadig le fió su secreto, afianzando, en quanto le
fué posible, su fidelidad con quantiosas dádivas. Despues de haber pasado Azora
dos dias en una quinta de una amiga suya, se volvió á su casa al tercero. Los
criados le anunciáron llorando que aquella misma noche se habia caido muerto de
repente su marido, que no se habian atrevido á llevarle tan mala noticia, y que
acababan de enterrar á Zadig en el sepulcro de sus padres al cabo del jardin. Lloraba
Azora, mesábase los cabellos, y juraba que no queria vivir. Aquella noche pidió
Cador licencia para hablar con ella, y lloráron, ámbos. El siguiente dia
lloráron ménos, y comiéron juntos. Fióle Cador que le habia dexado su amigo la
mayor parte de su caudal, y le dió á entender que su mayor dicha seria poder
partirle con ella. Lloró con esto la dama, enojóse, y se apaciguó luego; y como la cena fué mas larga
que la comida, habláron ámbos con mas confianza. Hizo Azora el panegírico del difunto, confesando
empero que adolecia de ciertos defectillos que en Cador no se hallaban.
En mitad de la cena se quejó Cador de un vehemente dolor en
el bazo, y la dama inquieta y asustada mandó le traxeran todas las esencias con
que se sahumaba, para probar si alguna era un remedio contra los dolores de
bazo; sintiendo mucho que se hubiera ido ya de Babilonia el sapientísimo Hermes,
y dignándose hasta de tocar el lado donde sentia Cador tan fuertes dolores.
¿Suele daros este dolor tan cruel? le dixo compasiva. A dos dedos de la
sepultura me pone á veces, le respondió Cador, y no hay mas que un remedio para
aliviarme, que es aplicarme al costado las narices de un hombre que haya muerto
el dia ántes. ¡Raro remedio! dixo Azora. No es mas raro, respondió Cador, que
los cuernos de ciervo que ponen á los niños para preservarlos del mal de ojos. Esta última razon con el
mucho mérito del
mozo determináron al cabo á la Señora. Por fin, dixo, si las narices de mi
marido son un poco mas cortas en la segunda vida que en la primera, no por eso
le ha de impedir el paso el ángel Asrael, quando
atraviese el puente Sebinavar, para transitar del mundo de ayer al de mañana. Diciendo
esto, cogió una navaja, llegóse al sepulcro de su esposo bañándole en llanto, y
se baxó para cortarle las narices; pero Zadig que estaba tendido en el
sepulcro, agarrando con una mano sus narices, y desviando la navaja con la
otra, se alzó de repente exclamando; Otra vez no digas tanto mal de Cosrúa, que
la idea de cortarme las narices bien se las puede apostar á la de mudar la
corriente de un arroyo.
El perro y el caballo.
En breve experimentó Zadig que, como dice el libro de Zenda-Vesta, si el
primer mes de matrimonio es la luna de miel, el segundo es la de acibar. Vióse
muy presto precisado á repudiar á Azora, que se habia tornado inaguantable, y
procuró ser feliz estudiando la naturaleza. No hay ser mas venturoso, decia,
que el filósofo que estudia el gran libro abierto por Dios á los ojos de los
hombres. Las verdades que descubre son propiedad suya: sustenta y enaltece su
ánimo, y vive con sosiego, sin temor de los demas, y sin que venga su tierna
esposa á cortarle las narices.
Empapado en estas ideas, se retiró á una quinta á orillas
del Eufrates, donde no se ocupaba en calcular quantas pulgadas de agua pasan
cada segundo baxo los arcos de un puente, ni si el mes del raton llueve una
línea cúbica de agua mas que el del carnero; ni ideaba hacer seda con
telarañas, ó porcelana con botellas quebradas; estudiaba, sí, las propiedades
de los animales y las plantas, y en poco tiempo grangeó una sagacidad que le
hacia tocar millares de diferencias donde los otros solo uniformidad veían.
Paseándose un dia junto á un bosquecillo, vió venir
corriendo un eunuco de la reyna, acompañado de varios empleados de palacio:
todos parecian llenos de zozobra, y corrian á todas partes como locos que andan buscando lo mas precioso
que han perdido. Mancebo, le dixo el principal eunuco, ¿vísteis al perro de la
reyna? Respondióle Zadig con modestia: Es perra que no perro. Teneis razon,
replicó el primer eunuco. Es una perra fina muy chiquita, continuó Zadig, que
ha parido poco ha, coxa del
pié izquierdo delantero, y que tiene las orejas muy largas. ¿Con que la habeis
visto? dixo el primer eunuco fuera de sí. No por cierto, respondió Zadig; ni la
he visto, ni sabia que la reyna tuviese perra ninguna.
Aconteció que por un capricho del
acaso se hubiese escapado al mismo tiempo de manos de un palafrenero del rey el mejor caballo
de las caballerizas reales, y andaba corriendo por la vega de Babilonia. Iban
tras de él el caballerizo mayor y todos sus subalternos con no ménos premura
que el primer eunuco tras de la perra, Dirigióse el caballerizo á Zadig,
preguntándole si habia visto el caballo del
rey. Ese es un caballo, dixo Zadig, que tiene el mejor galope, dos varas de
alto, la pesuña muy pequeña, la cola de vara y quarta de largo; el bocado del
freno es de oro de veinte y tres quilates, y las herraduras de plata de once
dineros. ¿Y por donde ha ido? ¿donde está? preguntó el caballerizo mayor. Ni le
he visto, repuso Zadig, ni he oido nunca hablar de él.
Ni al caballerizo mayor ni al primer eunuco les quedó duda
de que habia robado Zadig el caballo del rey y
la perra de la reyna; conduxeronle pues á la asamblea del gran Desterham, que le condenó á
doscientos azotes y seis años de presidio. No bien hubiéron dado la sentencia,
quando pareciéron el caballo y la perra, de suerte que se viéron los jueces en
la dolorosa precision de anular su sentencia; condenaron empero á Zadig á una
multa de quatrocientas onzas de oro, porque habia dicho queno habia visto habiendo
visto. Primero pagó la multa, y luego se le permitió defender su pleyto ante el
consejo del
gran Desterliam, donde dixo así:
Astros de justicia, pozos de ciencia, espejos de la verdad,
que con la gravedad del plomo unís la dureza del hierro, el brillo del
diamante, y no poca afinidad con el oro, siéndome permítido hablar ante esta
augusta asamblea, juro por Orosmades, que nunca ví ni la respetable perra de la
reyna, ni el sagrado caballo del rey de reyes. El suceso ha sido como voy á contar. Andaba
paseando por el bosquecillo donde luego encontré al venerable eunuco, y al
ilustrísimo caballerizo mayor. Observé en la arena las huellas de un animal, y
fácilmente conocí que era un perro chico.
Unos surcos largos y ligeros, impresos en montoncillos de arena entre las
huellas de las patas, me diéron á conocer que era una perra, y que le colgaban
las tetas, de donde colegí que habia parido pocos dias hacia. Otros vestigios
en otra direccion, que se dexaban ver siempre al ras de la arena al lado de los
piés delanteros, me demostráron que tenia las orejas largas; y como las pisadas
del un pié eran ménos hondas en la arena que las de los otros tres, saqué por
conseqüencia que era, si soy osado á decirlo, algo coxa la perra de nuestra
augusta reyna.
En quanto al caballo del
rey de reyes, la verdad es que paseándome por las veredas de dicho bosque, noté
las señales de las herraduras de un caballo, que estaban todas á igual
distancia. Este caballo, dixe, tiene el galope perfecto. En una senda angosta
que no tiene mas de dos varas y media de ancho, estaba á izquierda y á derecha
barrido el polvo en algunos parages. El caballo, conjeturé yo, tiene una cola
de vara y quarta, que con sus movimientos á derecha y á izquierda ha barrido
este polvo. Debaxo de los árboles que formaban una enramada de dos varas de
alto, estaban recien caidas las hojas de las ramas, y conocí que las habia
dexado caer el caballo, que por tanto tenia dos yaras. Su freno ha de ser de
oro de veinte y tres quilates, porque habiendo estregado la cabeza del bocado contra una
piedra que he visto que era de toque, hice la prueba. Por fin, las marcas que
han dexado las herraduras en piedras de otra especie me han probado que eran de
plata de once dineros.
Quedáronse pasmados todos los jueces con el profundo y sagaz
tino de Zadig, y llegó la noticia al rey y la reyna. En antesalas, salas, y
gabinetes no se hablaba mas que de Zadig, y el rey mandó que se le restituyese
la multa de quatrocientas onzas de oro á que habia sido sentenciado, puesto que
no pocos magos eran de dictámen de quemarle como hechicero. Fuéron con mucho aparato á su
casa el escribano de la causa, los alguaciles y los procuradores, á llevarle
sus quatrocientas onzas, sin guardar por las costas mas que trecientas noventa
y ocho; verdad es que los escribientes pidiéron una gratificacion.
Viendo Zadig que era cosa muy peligrosa el saber en demasía,
hizo propósito firme de no decir en otra ocasion lo que hubiese visto, y la
ocasion no tardó en presentarse. Un reo de estado se escapó, y pasó por debaxo
de los balcones de Zadig. Tomáronle declaracion á este, no declaró nada; y
habiéndole probado que se habia asomado al balcon, por tamaño delito fué
condenado á pagar quinientas onzas do oro, y dió las gracias á los jueces por
su mucha benignidad, que así era costumbre en Babilonia, ¡Gran Dios, decia
Zadig entre sí, qué desgraciado es quien se pasea en un bosque por donde haya
pasado el caballo del rey, ó la perrita de la reyna! ¡Qué de peligros corre
quien á su balcon se asoma! ¡Qué cosa tan difícil es ser dichoso en esta vida!
El envidioso.
Apeló Zadig á la amistad y á la filosofia para consolarse de
los males que le habia hecho la fortuna. En un arrabal de Babilonia tenia una
casa alhajada con mucho gusto, y allí reunia las artes y las recreaciones
dignas de un hombre fino. Por la mañana estaba su biblioteca abierta para todos
los sabios, y por la tarde su mesa á personas de buena educacion. Pero muy
presto echó de ver que era muy peligroso tratar con sabios. Suscitóse una
fuerte disputa acerca de una ley de Zoroastro, que prohibe comer grifo. ¿Como
está prohibido el grifo, decian unos, si no hay tal animal? Fuerza es que le
haya, decian otros, quando no quiere Zoroastro que le comamos. Zadig, por
ponerlos conformes, les dixo: Pues no comamos grifo, si grifos hay; y si no los
hay, ménos los comerémos, y así obedecerémos á Zoroastro.
Habia un sabio escritor que habia compuesto una obra en
trece tomos en folio acerca de las propiedades de los grifos, gran teurgista,
que á toda priesa se fué á presentar ante el archimago Drastanés, el mas necio,
y á conseqüencia el mas fanático de los Caldeos de aquellos remotos tiempos. En
honra y gloria del Sol, habria este mandado empalar á Zadig, y rezado luego el
breviario de Zoroastro con mas devota compuncion. Su amigo Cador (que un amigo
vale mas que un ciento de clérigos) fué á ver al viejo Drastanés, y le dixo
así: Gloria al Sol y á los grifos; nadie toque al pelo á Zadig, que es un
santo, y mantiene grifos en su corral, sin comérselos: su acusador sí, que es
herege. ¿Pues no ha sustentado que no son ni solípedos ni inmundos los conejos?
Bien, bien, dixo Drastanés, meneando la temblona cabeza: á Zadig se le ha de
empalar, porque tiene ideas erróneas sobre los glifos; y al otro, porque ha
hablado sin miramiento de los conejos. Apaciguólo Cador todo por medio de una
moza de retrete de palacio, á quien habia hecho un chiquillo, la qual tenia
mucho influxo con el colegio de los magos, y no empaláron á nadie; cosa que la
murmuráron muchos doctores, y por ello pronosticáron la próxîma decadencia de
Babilonia. Decia Zadig: ¿En qué se cifra la felicidad? Todo me persigue en la
tierra, hasta los seres imaginarios; y maldiciendo de los sabios, resolvió
ceñirse á vivir con la gente fina.
Reuníanse en su casa los sugetos de mas fino trato de
Babilonia, y las mas amables damas; servíanse exquisitas cenas, precedidas las
mas veces de academias, y que animaban conversaciones amables, en que nadie
aspiraba á echarlo de agudo, que es medio certísimo de ser un majadero, y
deslustrar la mas brillante tertulia. Los platos y los amigos no eran los que
escogia la vanagloria, que en todo preferia á la apariencia la realidad, y así
se grangeaba una estimacion sólida, por eso mismo que ménos á ella aspiraba.
Vivia en frente de su casa un tal Arimazo, sugeto que
llevaba la perversidad de su ánimo en la fisonomía grabada: corroíale la
envidia, y reventaba de vanidad, dexando aparte que era un presumido de saber
fastidioso. Como
las personas finas se burlaban de él, él se vengaba hablando mal de ellas. Con
dificultad reunia en su casa aduladores, puesto que era rico. Importunábale el
ruido de los coches que entraban de noche en casa de Zadig, pero mas le
enfadaba el de las alabanzas que de él oía. Iba algunas veces á su casa, y se
sentaba á la mesa sin que le convidaran,
corrompiendo el júbilo de la compañía entera, como dicen que inficionan las arpías los
manjares que tocan. Sucedióle un dia que quiso dar un banquete á una dama, que,
en vez de admitirle, se fué á cenar con Zadig; y otra vez, estando ámbos
hablando en palacio, se llegó un ministro que convidó á Zadig á cenar, y no le
dixo nada á Arimazo. En tan flacos cimientos estriban á veces las mas crueles
enemigas. Este hombre, que apellidaba Babilonia el envidioso, quiso dar al
traste con Zadig, porque le llamaban el dichoso. Cien veces al dia, dice
Zoroastro, se halla ocasion para hacer daño, y para hacer bien apénas una vez
al año.
Fuése el envidioso á casa de Zadig, el qual se estaba paseando
por sus jardines con dos amigos, y una señora á quien decia algunas flores, sin otro ánimo que decirlas. Tratábase de una
guerra que acababa de concluir con felicidad el rey contra el príncipe de
Hircania, feudatario suyo. Zadig que en esta corta guerra habia dado repetidas
pruebas de valor, hacia muchos elogios del
rey, y mas todavía de la dama. Cogió su libro de memoria, y escribió en él
quatro versos de repente, que dió á leer á su hermosa huéspeda; pero aunque sus
amigos le suplicáron que se los leyese, por modestia, ó acaso por un amor
propio muy discreto, no quiso hacerlo: que bien sabia que los versos de repente
hechos solo son buenos para aquella para quien se hacen. Rasgó pues en dos la
hoja del
librillo de memoria en que los habia escrito, y tiró los dos pedazos á una
enramada de rosales, donde fué en balde buscarlos. Empezó en breve á lloviznar,
y se volviéron todos á los salones; pero el envidioso que se habia quedado en
el jardin, tanto registró que dió con una mitad de la hoja, la qual de tal
manera estaba rasgada, que la mitad de cada verso que llenaba un renglon
formaba sentido, y aun un verso corto; y lo mas extraño es que, por un acaso
todavía mas extraordinario, el sentido que formaban los tales versos cortos era
una atroz infectiva contra el rey. Leíase en ellos:
Un monstruo detestable Hoy rige la Caldea; Su trono
incontrastable El poder mismo afea,
Por la vez primera de su vida se creyó feliz el envidioso,
teniendo con que perder á un hombre de bien y amable. Embriagado en tan horrible
júbilo, dirigió al mismo rey esta sátira escrita de pluma de Zadig, el qual,
con sus dos amigos y la dama, fué llevado á la cárcel, y se le formó causa, sin
que se dignaran de oirle. Púsose el envidioso, quando le hubiéron sentenciado,
en el camino por donde habia de pasar, y le dixo que no valian nada sus versos.
No lo echaba Zadig de poeta; sentia empero en el alma verse condenado como reo de lesa-magestad,
y dexar dos amigos y una hermosa dama en la cárcel por un delito que no habia
cometido. No lo permitiéron alegar nada en su defensa, porque el libro de
memoria estaba claro, y que así era estilo en Babilonia. Caminaba pues al
cadahalso, atravesando inmensas filas de gentes curiosas; ninguno se atrevia á
condolerse de él, pero sí se agolpaban para exâminar qué cara ponia, y si iba á
morir con aliento. Sus parientes eran los únicos afligidos, porque no
heredaban, habiéndose confiscado las tres quartas partes de su caudal á
beneficio del erario, y la restante al del envidioso.
Miéntras que se estaba disponiendo á morir, se voló del balcon el loro del
rey, y fué á posarse en los rosales del
jardin de Zadig. Habia derribado el viento un melocoton de un árbol inmediato,
que habia caido sobre un pedazo de un librillo de memoria escrito, y se le
habia pegado. Agarró el loro el melocoton con lo escrito, y se lo llevó todo á
las rodillas del
rey. Curioso esta leyó unas palabras que no significaban nada, y parecian fines
de verso. Como era aficionado á la poesía, y que
siempre se puede sacar algo con los príncipes que gustan de coplas, le dió en
que pensar la aventura del
papagayo. Acordándose entónces la reyna de lo que habia en el trozo del libro de memoria de Zadig, mandó que se le traxesen,
y confrontando ámbos trozos se vió que venia uno con otro; y los versos de
Zadig, leidos como
él los habia escrito, eran los siguientes:
Un monstruo detestable es la sangrienta guerra; Hoy rige la
Caldea en paz el rey sin sustos: Su trono incontrastable amor tiene en la
tierra; El poder mismo afea quien no goza sus gustos.
Al punto mandó el rey que traxeran á Zadig á su presencia, y
que sacaran de la cárcel á sus dos amigos y la hermosa dama. Postróse el rostro
por el suelo Zadig á las plantas del
rey y la reyna; pidióles rendidamente perdon por los malos versos que habia
compuesto, y habló con tal donayre, tino y agudeza, que los monarcas quisiéron
volver á verle: volvió, y gustó mas. Le adjudicáron los bienes del envidioso que injustamente le habia acusado: Zadig se
los restituyó todos, y el único afecto del
corazon de su acusador fué el gozo de no perder lo que tenia. De dia en dia se
aumentaba el aprecio que el rey de Zadig hacia: convidábale á todas sus
recreaciones, y le consultaba en todos asuntos. Desde entónces la reyna empezó
á mirarle con una complacencia que podia acarrear graves peligros á ella, á su
augusto esposo, á Zadig y al reyno entero, y Zadig á creer que no es cosa tan
dificultosa vivir feliz.
El generoso.
Vino la época de la celebridad de una solemne fiesta que se
hacia cada cinco años, porque era estilo en Babilonia declarar con solemnidad,
al cabo de cinco años, qual de los ciudadanos habia hecho la mas generosa
accion. Los jueces eran los grandes y los magos. Exponia el primer satrapa
encargado del
gobierno de la ciudad, las acciones mas ilustres hechas en el tiempo de su
gobierno; los jueces votaban, y el rey pronunciaba la decision. De los extremos
de la tierra acudian espectadores á esta solemnidad. Recibia el vencedor de
mano del
monarca una copa de oro guarnecida de piedras preciosas, y le decia el rey
estas palabras: "Recibid este premio de la generosidad, y oxalá me
concedan los Dioses muchos vasallos que á vos se parezcan."
Llegado este memorable dia, se dexó ver el rey en su trono,
rodeado de grandes, magos y diputados de todas las naciones, que venian, á unos
juegos donde no con la ligereza de los caballos, ni con la fuerza corporal,
sino con la virtud se grangeaba la gloria. Recitó en voz alta el satrapa las
acciones por las quales podian sus autores merecer el inestimable premio, y no
habló siquiera de la magnanimidad con que habia restituido Zadig todo su caudal
al envidioso: que no era esta accion que mereciera disputar el premio.
Primero presentó á un juez que habiendo, en virtud de una
equivocacion de que no era responsable, fallado un pleyto importante contra un
ciudadano, le habia dado todo su caudal, que era lo equivalente de la perdida del litigante.
Luego produxo un mancebo que perdido de amor por una
doncella con quien se iba á casar, se la cedió no obstante á un amigo suyo, que
estaba á la muerte por amores de la misma, y ademas dotó la doncella.
Hizo luego comparecer á un militar que en la guerra de
Hircania habia dado exemplo todavía de mayor generosidad. Llevábanse á suamada
unos soldados enemigos, y miéntras la estaba defendiendo contra ellos, le
viniéron á decir que otros Hircanos se llevaban de allí cerca á su madre; y
abandonó llorando á su querida, por libertar á la madre. Quando volvió á tomar
la defensa de su dama, la encontró expirando, y se quiso dar la muerte; pero le
representó su madre que no tenia mas apoyo que él, y tuvo ánimo para sufrir la
vida.
Inclinábanse los jueces por este soldado; pero el rey
tomando la palabra, dixo: Accion es noble la suya, y tambien lo son las de los
otros, pero no me pasman; y ayer hizo Zadig una que me ha pasmado. Pocos dias
ha que ha caido de mi gracia Coreb, mi ministro y valido. Quejábame de él con
vehemencia, y todos los palaciegos me decian que era yo demasiadamente
misericordioso; todos decian á porfía mal de Coreb. Pregunté su dictámen á
Zadig, y se atrevió á alaharle. Confieso qne en nuestras historias he visto
exemplos de haber pagado un yerro con su caudal, cedido su dama, ó antepuesto
su madre al objeto de su amor; pero nunca he leido que un palaciego haya dicho
bien de un ministro caido con quien estaba enojado su soberano. A cada uno de
aquellos cuyas acciones se han recitado le doy veinte mil monedas de oro; pero
la copa se la doy á Zadig.
Señor, replicó este, vuestra magestad es el único que la merece,
y quien ha hecho la mas inaudita accion, pues siendo rey no se ha indignado
contra su esclavo que contradecia su pasion. Todos celebráron admirados al rey
y á Zadig. Recibiéron las dádivas del monarca el juez qus habia dado su caudal,
el amante que habia casado á su amada con su amigo, y el soldado que ántes
quiso librar á su madre que á su dama; y Zadig obtuvo la copa. Grangeóse el rey
la reputacion de buen príncipe, que no conservó mucho tiempo; y se consagró el
dia con fiestas que duráron mas de lo que prescribia la ley, conservándose aun
su memoria en el Asia. Decia Zadig: ¡con que
en fin soy feliz! pero Zadig se engañaba.
El ministro.
Habiendo perdido el rey á su primer ministro, escogió á
Zadig para desempeñar este cargo. Todas las hermosas damas de Babilonia
aplaudiéron esta eleccion, porque nunca habia habido ministro tan mozo desde la
fundacion del
imperio: todos los palaciegos la sintiéron; al envidioso le dió un vómito de
sangre, y se le hincháron extraordinariamente las narices. Dió Zadig las
gracias al rey y á la reyna, y fué luego á dárselas al loro. Precioso páxaro,
le dixo, tú has sido quien me has librado la vida, y quien me has hecho primer
ministro. Mucho mal me habian hecho la perra y el caballo de sus magestades,
pero tú me has hecho mucho bien. ¡En qué cosas estriba la suerte de los
humanos! Pero puede ser que mi dicha se desvanezca dentro de pocos instantes.
El loro respondió: ántes. Dió golpe á Zadig esta palabra; puesto que á fuer de
buen físico que no creía que fuesen los loros profetas, se sosegó luego, y
empezó á servir su cargo lo mejor que supo.
Hizo que á todo el mundo alcanzara el sagrado poder de las
leyes, y que á ninguno abrumara el peso de su dignidad. No impidió la libertad
de votos en el divan, y cada visir podia, sin disgustarle, exponer su dictámen.
Quando fallaba de un asunto, la ley, no él, era quien fallaba; pero quando esta
era muy severa, la suavízaba; y quando faltaba ley, la hacia su equidad tal,
que se hubiera podido atribuir á Zoroastro. El fué quien dexó vinculado en las
naciones el gran principio de que vale mas libertar un reo, que condenar un
inocente. Pensaba que era destino de las leyes no ménos socorrer á los
ciudadanos que amedrentarlos. Cifrábase su principal habilidad en desenmarañar
la verdad que procuran todos obscurecer. Sirvióse de esta habilidad desde los
primeros dias de su administracion. Habia muerto en las Indias un comerciante muy nombrado
de Babilonia: y habiendo dexado su caudal por iguales partes á sus dos hijos,
despues de dotar á su hija, dexaba ademas un legado de treinta mil monedas de
oro á aquel de sus hijos que se decidiese que le habia querido mas. El mayor le
erigió un sepulcro, y el menor dió á su hermana parte de su herencia en aumento
de su dote. La gente decia: El mayor queria mas á su padre, y el menor quiere
mas á su hermana: las treinta mil monedas se deben dar al mayor. Llamó Zadig
sucesivamente á los dos, y le dixo al mayor: No ha muerto vuestro padre, que ha
sanado de su última enfermedad, y vuelve á Babilonia. Loado sea Dios, respondió
el mancebo; pero su sepulcro me habia costado harto caro. Lo mismo dixo luego
Zadig al menor. Loado sea Dios, respondió, voy á restituir á mi padre todo
quanto tengo, pero quisiera que dexase á mi hermana lo que le he dado. No
restituiréis nada, dixo Zadig, y se os darán las treinta mil monedas, que vos
sois el que mas á vuestro padre queríais.
Habia dado una doncella muy rica palabra de matrimonio á dos
magos, y despues de haber recibido algunos meses instrucciones de ámbos, se
encontró en cinta. Ambos querian casarse con ella. La doncella dixo que seria
su marido el que la habia puesto en estado de dar un ciudadano al imperio. Uno
decia: Yo he sido quien he hecho esta buena obra; el otro: No, que soy yo quien
he tenido tanta
dicha. Está bien, respondió la doncella, reconozco por padre de la criatura el
que le pueda dar mejor educacion. Parió un chico, y quiso educarle uno y otro mago.
Llevada la instancia ante Zadig, los llamó á entrámbos, y dixo al primero: ¿Qué
has de enseñar á tu alumno? Enseñaréle, respondió el doctor, las ocho partes de
la oracion, la dialéctica, la astrologia, la demonología, qué cosa es la
sustancia y el accidente, lo abstracto y lo concreto, las monadas y la harmonía
preestablecida. Pues yo, dixo el segundo, procuraré hacerle justo y digno de
tener amigos. Zadig falló: Ora seas ó no su padre, tú te casarás con su madre.
Todos los dias venian quejas á la corte contra el Itimadulet
de Media, llamado Irax, gran potentado, que no era de perversa índole, pero que
la vanidad y el deleyte le habian estragado. Raras veces permitia que le
hablasen, y nunca que se atreviesen á contradecirle. No son tan vanos los
pavones, ni mas voluptuosas las palomas, ni ménos perezosos los galápagos; solo
respiraba vanagloria y deleytes vanos.
Probóse Zadig á corregirle, y le envió de parte del rey un maestro de
música, con doce cantores y veinte y quatro violines, un mayordomo con seis
cocineros y quatro gentiles-hombres, que no le dexaban nunca. Decia la órden del rey que se siguiese puntualísimamente el siguiente
ceremonial, como
aquí se pone.
El dia primero, así que se despertó el voluptuoso Irax,
entró el maestro de música acompañado de los cantores y violines, y cantáron
una cantata que duró dos horas, y de tres en tres minutos era el estribillo:
¡Quanto merecimiento! ¡Qué gracia, qué nobleza! ¡Que ufano,
que contento Debe estar de sí propio su grandeza!
Concluida la cantata, le recitó un gentil-hombre una arenga
que duró tres quartos de hora, pintándole como
un dechado perfecto de quantas prendas le faltaban; y acabada, le lleváron á la mesa al toque de los
instrumentos. Duró tres horas la comida; y así que abria la boca para decir
algo, exclamaba el gentil-hombre: Su Excelencia tendra razon. Apénas decia
quatro palabras; interrumpia el segundo gentil-hombre, diciendo: Su Excelencia
tiene razon. Los otros dos seltaban la carcajada en aplauso de los chistes que
habia dicho ó debido decir Irax. Servidos que fuéron los postres, se repitió la
cantata.
Parecióle delicioso el primer dia, y quedó persuadido de que
le honraba el rey de reyes conforme á su mérito. El segundo le fué algo ménos
grato; el tercero estuvo incomodado; el quarto no le pudo aguantar; el quinto
fué un tormento; finalmente, aburrido de oir cantar sin cesar: ¡qué ufano, qué
contento dele estar de sí propio su grandeza! de que siempre le dixeran que
tenia razon, y de que le repitieran la misma arenga todos los dias á la propia
hora, escribió á la corte suplicando al rey que fuese dignado de llamar á sus
gentiles-hombres, sus músicos y su mayordomo, prometiendo tener mas aplicacion
y ménos vanidad. Luego gustó ménos de aduladores, dió ménos fiestas, y fué mas
feliz; porque, como
dice el Sader, sin cesar placeres no son placeres.
Disputas y audiencias.
De este modo acreditaba Zadig cada dia su agudo ingenío y su
buen corazon; todos le miraban con admiracion, y le amaban empero. Era reputado
el mas venturoso de los hombres; lleno estaba todo el imperio de su nombre;
guiñábanle á hurtadillas todas las mugeres; ensalzaban su justificacion los
ciudadanos todos; los sabios le miraban como un oráculo, y hasta los mismos
magos confesaban que sabia punto mas que el viejo archi-mago Siara, tan léjos
entónces de formarle cansa acerca de los grifos, que solo se creía lo que á él
le parecia creible.
Reynaba de mil y quinientos años atras una gran contienda en
Babilonia, que tenia dividido el imperio en dos irreconciliables sectas: la una
sustentaba que siempre se debia entrar en el templo de Mitras el pié izquierdo
por delante; y la otra miraba con abominacion semejante estilo, y llevaba
siempre el pié derecho delantero. Todo el mundo aguardaba con ansia el dia de
la fiesta solemne del
fuego sagrado, para saber qué secta favorecia Zadig: todos tenian clavados los
ojos en sus dos piés; toda la ciudad estaba suspensa y agitada. Entró Zadig en
el templo saltando á pié-juntilla, y luego en un eloqüente discurso hizo ver
que el Dios del cielo y la tierra, que no mira con privilegio á nadie, el mismo
caso hace del pié izquierdo que del derecho. Dixo el
envidioso y su muger que no habia suficientes figuras en su arenga, donde no se
vían baylar las montañas ni las colinas. Decian que no habia en ella ni xugo ni
talento, que no se vía la mar ahuyentada, las estrellas por tierra, y el sol
derretido como
cera vírgen; por fin, que no estaba en buen estilo oriental. Zadig no aspiraba
mas que á que fuese su estilo el de la razon. Todo el mundo se declaró en su
favor, no porque estaba en el camino de la verdad, ni porque era discreto, ni
porque era amable, sino porque era primer visir.
No dió ménos felice cima á otro intrincadísimo pleyto de los
magos blancos con los negros. Los blancos decian que era impiedad dirigirse al
oriente del hibierno, quando los ficles oraban
á Dios; y los negros afirmaban que miraba Dios con horror á los hombres que se
dirígian al poniente del
verano. Zadig mandó que se volviera cada uno hácia donde quisiese.
Encontró medio para despachar por la mañana los asuntos
particulares y generales, y lo demas del
dia se ocupaba en hermosear á Babilonia. Hacia representar tragedias para
llorar, y comedias para reir; cosa que habia dexado de estilarse mucho tiempo
hacia, y que él restableció, porque era sugeto de gusto fino. No tenia la manía
de querer entender mas que los pentos en las artes, los quales los remuneraba
con dádivas y condecoraciones, sin envidiar en secreto su habilidad. Por la
noche divertia mucho al rey, y mas á la reyna. Decia
el rey: ¡Qué gran ministro! y la reyna: ¡Qué amable
ministro! y ambos
añadian: Lástima fuera que le hubieran ahorcado.
Nunca otro en tan alto cargo se vió precisado á dar tantas
audiencias á las damas: las mas venian á hablarle de algún negocio que no les
importaba, para probarse á hacerle con él. Una de las primeras que se presentó
fué la muger del envidioso, juándole por Mitras, por Zenda-Vesta, y por el
fuego sagrado, que siempre habia mirado con detestacion la conducta de su
marido. Luego le fió que era el tal marida zeloso y mal criado, y le dió á
entender que le castigaban los Dioses privándole de los preciosos efectos de
aquel sacro fuego, el único que hace á los hombres semejantes á los inmortales;
por fin dexó caer una liga. Cogióla Zadig con su acostumbrada cortesanía, pero
no se la ató á la dama á la pierna; y este leve yerro, si por tal puede
tenerse, fué orígen de las desventuras mas horrendas. Zadig no pensó en ello,
pero la muger del
envidioso pensó mas de lo que decirse puede.
Cada dia se le presentaban nuevas damas. Aseguran los anales
secretos de Babilonia, que cayó una vez en la tentacion, pero que quedó pasmado
de gozar sin deleyte, y de tener su dama en sus brazos distraido. Era aquella á
quien sin pensar dió pruebas de su proteccion, una camarista de la reyna
Astarte. Por consolarse decia para sí esta enamorada Babilonia: Menester es que
tenga este hombre atestada la cabeza de negocios, pues aun en el lance de gozar
de su amor piensa en ellos. Escapósele á Zadig en aquellos instantes en que los
mas no dicen palabra, ó solo dicen palabras sagradas, clamar de repente: LA
REYNA; y creyó la Babilonia, que vuelto en sí en un instante delicioso le habia
dicho REYNA MIA. Mas Zadig, distraido siempre, pronunció el nombre de Astarte;
y la dama, que en tan feliz situacion todo lo interpretaba á su favor, se
figuró que queria decir que era mas hermosa que la reyna Astarte. Salió del
serrallo de Zadig habiendo recibido espléndidos regalos, y fué á contar esta
aventura á la envidiosa, que era su íntima amiga, la qual quedó penetrada de
dolor por la preferencia. Ni siquiera se ha dignado, decia, de atarme esta
malhadada liga, que no quiero que me vuelva á servir, ¡Ha, ha! dixo la
afortunada á la envidiosa, las mismas ligas llevais que la reyna: ¿las tomais
en la misma tienda? Sumióse en sus ideas la envidiosa, no respondió, y se fué á
consultar con el envidioso su marido.
Entretanto Zadig conocia que estaba distraido quando daba
audiencia, y quando juzgaba; y no sabia á qué atribuirlo: esta era su única
pesadumbre. Soñó una noche que estaba acostado primero encima de unas yerbas
secas, entre las quales habia algunas punzantes que le incomodaban; que luego
reposaba blandamente sobre un lecho de rosas, del qual salia una sierpe que con su
venenosa y acerada lengua le heria el corazon. ¡Ay! decia, mucho tiempo he
estado acostado encima de las secas y punzantes yerbas; ahora lo estoy en el
lecho de rosas: ¿mas qual será la serpiente?
Los zelos.
De su misma dicha vino la desgracia de Zadig, pero mas aun
de su mérito. Todos los dias conversaba con el rey, y con su augusta
esposa Astarte, y aumentaba el embeleso de su conversacion aquel deseo de
gustar, que, con respecto al entendimiento, es como el arreo á la hermosura; y poco á poco
hicieron su mocedad y sus gracias una impresion en Astarte, que á los
principios no conoció ella propia. Crecia esta pasion en el regazo de la
inocencia, abandonándose Astarte sin escrúpulo ni rezelo al gusto de ver y de
oir á un hombre amado de su esposo y del
reyno entero. Alababásele sin cesar al rey, hablaba de él con sus damas, que
ponderaban mas aun sus prendas, y iodo así ahondaba en su pecho la flecha que
no sentia. Hacia regalos á Zadig, en que tenia mas parte el amor de lo que ella
se pensaba; y muchas veces, quando se figuraba que le hablaba como
reyna, satisfecha se expresaba como
muger enamorada.
Muy mas hermosa era Astarte que la Semira que tanta ojeriza tenia con
los tuertos, y que la otra que habia querido cortar á su esposo las narices.
Con la llaneza de Astarte, con sus tiernas razones de que empezaba á
sonrojarse, con sus miradas que procuraba apartar de él, y que en las suyas se
clavaban, se encendió en el pecho de Zadig un fuego que á él propio le pasmaba.
Combatió, llamo á su auxîlio la filosofía que siempre le habia socorrido; pero
esta ni alumbró su entendimiento, ni alivió su ánimo. Ofrecíanse ante él, como otros tantos dioses
vengadores, la obligacion, la gratitud, la magestad suprema violadas: combatia
y vencia; pero una victoria á cada instante disputada, le costaba lágrimas y
suspiros. Ya no se atrevia á conversar con la reyna con aquella serena libertad
que tanto á entrámbos habia embelesado; cubríanse de una nube sus ojos; eran
sus razones confusas y mal hiladas; baxaba los ojos; y quando involuntariamente
en Astarte los ponia, encontraba los suyos bañados en lágrimas, de donde salian
inflamados rayos. Parece quese decian uno á otro: Nos adoramos, y tememos
amarnos; ámbos ardemos en un fuego que condenamos. De la conversacion de la reyna
salia Zadig fuera de sí, desatentado, y como
abrumado con una caiga con la qual no podia. En medio de la violencia de su
agitacion, dexó que su amigo Cador columbrara su secreto, como uno que habiendo
largo tiempo aguantado las punzadas de un vehemente dolor, descubre al fin su
dolencia por un grito lastimero que vencido de sus tormentos levanta, y por el
sudor frio que por su semblante corre.
Díxole Cador: Ya habia yo distinguido los afectos que de vos
mismo os esforzábais á ocultar: que tienen las pasiones señales infalibles; y
si yo he leido en vuestro corazon, contemplad, amado Zadig, si descubrirá el
rey un amor que le agravia; él que no tiene otro defecto que ser el mas zeloso
de los mortales. Vos resistís á vuestra pasion con mas vigor que combate Astarte
la suya, porque sois filósofo y sois Zadig. Astarte es muger, y eso mas dexa
que se expliquen sus ojos con imprudencia que no piensa ser culpada: satisfecha
por desgracia con su inocencia, no se cura de las apariencias necesarias.
Miéntras que no le remuerda en nada la conciencia, tendré miedo de que se
pierda. Si ámbos estuviéseis acordes, frustraríais los ojos mas linces: una
pasion en su cuna y contrarestada rompe afuera; el amor satisfecho se sabe
ocultar. Estremecióse Zadig con la propuesta de engañar al monarca su
bienhechor, y nunca fué mas fiel á su príncipe que quando culpado de un
involuntario delito. En tanto la reyna repetia con tal freqüencia el nombre de
Zadig; colorábanse de manera sus mexillas al pronunciarle; quando le hablaba
delante del rey, estaba unas veces tan animada y otras tan confusa; parábase
tan pensativa quando se iba, que turbado el rey creyó todo quanto vía, y se
figuró lo que no vía. Observó sobre todo que las babuchas de su muger eran
azules, y azules las de Zadig; que los lazos de su muger eran pajizos, y pajizo
el turbante de Zadig: tremendos indicios para un príncipe delicado. En breve se
tornáron en su ánimo exâsperado en certeza las sospechas.
Los esclavos de los reyes y las reynas son otras tantas
espías de sus mas escondidos afectos, y en breve descubriéron que estaba
Astarte enamorada, y Moabdar zeloso. Persuadió el envidioso á la envidiosa á
que enviara al rey su liga que se parecia á la de la reyna; y para mayor
desgracia, era azul dicha liga. El monarca solo pensó entónces en el modo de
vengarse. Una noche se resolvió á dar un veneno á la reyna, y á enviar un lazo
á Zadig al rayar del alba, y dió esta órden á un despiadado eunuco, executor de
sus venganzas. Hallábase á la sazon en el aposento del
rey un enanillo mudo, pero no sordo, que dexaban allí como un animalejo doméstico, y era testigo de
los mas recónditos secretos. Era el tal mudo muy afecto á la reyna y á Zadig, y
escuchó con no ménos asombro que horror dar la órden de matarlos ámbos. ¿Mas
cómo haria para precaver la execucion de tan espantosa órden, que se iba á
cumplir destro de pocas horas? No sabia escribir, pero sí pintar, y
especialmente retratar al vivo los objetos. Una parte de la noche la pasó
dibuxando lo que queria que supiera la reyna: representaba su dibuxo, en un
rincon del quadro, al rey enfurecido dando órdenes á su eunuco; en otro rincon
una cuerda azul y un vaso sobre una mesa, con unas ligas azules, y unas cintas
pajizas; y en medio del quadro la reyna moribunda en brazos de sus damas, y á
sus plantas Zadig ahorcado. Figuraba el horizonte el nacimiento del sol, como
para denotar que esta horrenda catástrofe debia executarse al rayar de la
aurora. Luego que hubo acabado, se fué corriendo al aposento de una dama de
Astarte, la despertó, y le dixo por señas que era menester que llevara al
instante aquel quadro á la reyna.
Hete pues que á media noche llaman á la puerta de Zadig, le
despiertan, y le entregan una esquela de la reyna: dudando Zadig si es sueño,
rompe el nema con trémula mano. ¡Qué pasmo no fué el suyo, ni quien puede
pintar la consternacion y el horror que le sobrecogiéron, quando leyó las
siguientes palabras! "Huid sin tardanza, ó van á quitaros la vida. Huid,
Zadig, que yo os lo mando en nombre de nuestro amor, y de mis cintas pajizas.
No era culpada, pero veo que voy á morir delinquente."
Apénas tuyo Zadig fuerza para articular una palabra. Mandó
llamar á Cador, y sin decirle nada le dió la esquela; y Cador le forzó á que obedeciese,
y á que tomase sin detenerse el camino de Menfis. Si os aventurais á ir á ver á
la reyna, le dixo, acelerais su muerte; y si hablais con el rey, tambien es
perdida. Yo me encargo de su suerte, seguid vos la vuestra: esparciré la voz de
que os habeis encaminado hácia la India, iré pronto á buscaros, y os
diré lo que hubiere sucedido en Babilonia.
Sin perder un minuto, hizo Cador llevar á una salida
excusada de palacio dos dromedarios ensillados de los mas andariegos; en uno
montó Zadig, que no se podia tener, y estaba á punto de muerte, y en otro el
único criado que le acompañaba. A poco rato Cador sumido en dolor y asombro
hubo perdido á su amigo de vista.
Llegó el ilustre prófugo á la cima de un collado de donde se
descubria á Babilonia, y clavando los ojos en el palacio de la reyna se cayó
desmayado. Quando recobró el sentido, vertió abundante llanto, invocando la
muerte. Al fin despues de haber lamentado la deplorable estrella de la mas
amable de las mugeres, y la primera reyna del mundo, reflexîonando un instante en su
propia suerte, dixo: ¡Válame Dios; y lo que es la vida humana! ¡O virtud, para
que me has valido! Indignamente me han engañado dos mugeres; y la tercera, que
no es culpada, y es mas hermosa que las otras, va á morir. Todo quanto bien he
hecho ha sido un manantial de maldiciones para mí; y si me he visto exâltado al
ápice de la grandeza, ha sido para despeñarme en la mas honda sima de la
desventura. Si como tantos hubiera sido malo,
seria, como
ellos, dichoso. Abrumado con tan fatales ideas, cubiertos los ojos de un velo
de dolor, pálido de color de muerte el semblante, y sumido el ánimo en el
abismo de una tenebrosa desesperacion, siguió su viage hácia el Egipto.
La muger aporreada.
Encaminabase Zadig en la direccion de las estrellas, y le
guiaban la constelacion de Orion y el luciente astro de Sirio hácia el polo de
Canopo. Contemplaba admirado estos vastos globos de luz que parecen
imperceptibles chispas á nuestra vista, al paso que la tierra que realmente es un
punto infinitamente pequeño en la naturaleza, la mira nuestra codicia como tan grande y tan
noble. Representábase entónces á los hombres como realmente son, unos insectos que unos á
otros se devoran sobre un mezquino átomo de cieno; imágen verdadera que acallaba
al parecer sus cuitas, retratándole la nada de su ser y de Babilonia misma.
Lanzábase su ánimo en lo infinito, y desprendido de sus sentidos contemplaba el
inmutable órden, del
universo. Mas quando luego tornando en sí, y entrando dentro de su corazon,
pensaba en Astarte, muerta acaso á causa de él, todo el universo desaparecia, y
no vía mas que á la moribunda Astarte y al malhadado Zadig. Agitado de este
fluxo y refluxo de sublime filosofía y de acerbo duelo, caminaba hácia las
fronteras de Egipto, y ya habia llegado su fiel criado al primer pueblo, y le
buscaba alojamiento. Paseábase en tanto Zadig por los jardines que ornaban las
inmediaciones del lugar, quando á corta
distancia del
camino real vió una muger llorando, que invocaba cielos y tierra en su auxîlio,
y un hombre enfurecido en seguimiento suyo. Alcanzábala ya; abrazaba ella sus
rodillas, y el hombre la cargaba de golpes y denuestos. Por la saña del
Egipcio, y los reiterados perdones que le pedia la dama, coligió que él era
zeloso y ella infiel; pero habiendo contemplado á la muger, que era una beldad
peregrina, y que ademas se parecia algo á la desventurada Astarte, se sintió
movido de compasion en favor de ella, y de horror contra el Egipcio.
Socorredme, exclamó la dama á Zadig entre sollozos, y sacadme de poder del mas inhumano de los
mortales; libradme la vida. Oyendo estas voces, fué Zadig á interponerse entre
ella y este cruel. Entendia algo la lengua egipcia, y le dixo en este idioma:
Si teneis humanidad, ruégoos que respeteis la flaqueza y la hermosura. ¿Cómo
agraviáis un dechado de perfecciones de la naturaleza, postrado á vuestras
plantas, sin mas defensa que sus lágrimas? Ha, ha, le dixo el hombre colérico:
¿con que tambien tú la quieres? pues en tí me voy á vengar. Dichas estas razones,
dexa á la dama que tenia asida por los cabellos, y cogiendo la lanza va á
pasársela por el pecho al extrangero. Este que estaba sosegado paró con
facilidad el encuentro de aquel frenético, agarrando la lanza por junto al
hierro de que estaba armada. Forcejando uno por retirarla, y otro por
quitársela, se hizo pedazos. Saca entónces el Egipcio su espada, ármase Zadig
con la suya, y se embisten uno y otro. Da aquel mil precipitados golpes;
páralos este con maña: y la dama sentada sobre el césped los mira, y compone su
vestido y su tocado. Era el Egipcia mas forzudo que su contrario, Zadig era mas
mañoso: este peleaba como un hombre que guiaba
el brazo por su inteligencia, y aquel como
un loco que ciego con los arrebatos de su saña le movia á la aventura. Va Zadig
á él, le desarma; y quando mas enfurecido el Egipcio se quiere tirar á él, le
agarra, le aprieta entre sus brazos, le derriba por tierra, y poniéndole la
espada al pecho, le quiere dexar la vida. Desatinado el Egipcio saca un puñal,
y hiere á Zadig, quando vencedor este le perdonaba; y Zadig indignado le pasa
con su espada el corazon. Lanza el Egipcio un horrendo grito, y muere convulso
y desesperado, Volvióse entonces Zadig á la dama, y con voz rendida le dixo: Me
ha forzado á que le mate; ya estais vengada, y libre del hombre mas furibundo que he visto: ¿qué
quereis, Señora, que haga? Que mueras, infame, replicó ella, que has quitado la
vida á mi amante: ¡oxalá pudiera yo despedazarte el corazon! Por cierto,
Señora, respondió Zadig, que era raro sugeto vuestro amante; os aporreaba con
todas sus fuerzas, y me queria dar la muerte, porque me habíais suplicado que
os socorriese. ¡Pluguiera al cielo, repuso la dama en descompasados gritos, que
me estuviera aporreando todavía, que bien me lo teniamerecido, por haberle dado
zelos! ¡Pluguiera al cielo, repito, que él me aporreara, y que estuvieras tú como él! Mas pasmado y
mas enojado Zadig que nunca en toda, su vida, le dixo: Bien mereciérais, puesto
que sois linda, que os aporreara yo como él
hacia, tanta es
vuestra locura; pero no me tomaré ese trabajo. Subió luego en su camello, y se
encaminó al pueblo. Pocos pasos habia andado, quando volvió la cara al ruido
que metian quatro correos de Babilonia, que á carrera tendida venian. Dixo uno
de ellos al ver á la muger: Esta misma es, que se parece á las señas que nos
han dado; y sin curarse del
muerto, echáron mano de la dama. Daba esta gritos á Zadig
diciendo: Socorredme, generoso extrangero; perdonadme si os
he
agraviado: socorredme, y soy vuestra hasta el sepulcro. Pero
á Zadig
se le habia pasado la manía de pelear otra vez por
favorecerla. Para el tonto, respondió, que se
dexare engañar. Ademas estabaherido, iba perdiendo la sangre, necesitaba de que
le diesen socorro; y le asustaba la vista de los quatro Babilonios despachados,
segun toda apariencia, por el rey Moabdar. Aguijó pues el paso hácia el lugar, no pudiendo almar
porque venian quatro coricos de Babilonia á prender á esta Egipcia, pero mas
pasmado todavía de la condicion de la tal dama.
La esclavitud.
Entrando en la aldea egipcia, se vió cercado de gente que
decia á gritos: Este es el robador de la hermosa Misuf, y el que acaba de
asesinar á Cletofis. Señores, les respondió, líbreme Dios de robar en mi vida á
vuestra hermosa Misuf, que es antojadiza en demasía; y á ese Cletofis no le he
asesinado, sino que me he defendido de él, porque me queria matar, por haberle
rendidamente suplicado que perdonase á la hermosa Misuf, á quien daba
desaforados golpes. Yo soy extrangero, vengo á refugiarme en Egipto; y no es
presumible que uno que viene á pedir vuestro amparo, empiece robando á una
muger y asesinando á un hombre.
Eran en aquel tiempo los Egipcios justos y humanos. Conduxo
la gente á Zadig á la casa de cabildo, donde primero le curáron la herida, y
luego tomáron separadamente declaracion á él y á su criado para averiguar la
verdad, de la qual resultó notorio que no era asesino; pero habiendo derramado
la sangre de un hombre, le condenaba la ley á ser esclavo. Vendiéronse en
beneficio del pueblo los dos camellos, y se repartió entre los vecinos todo el
oro que traía; él mismo fué puesto á pública subhasta en la plaza del mercado,
junto con su compañero de viage, y se remató la venta en un mercader árabe,
llamado Setoc; pero como el criado era mas apto para la faena que el amo, fué
vendido mucho mas caro, porque no habia comparacion entre uno y otro. Fué pues
esclavo Zadig, y subordinado á su propio criado: atáronlos juntos con un
grillete, y en este estado siguiéron á su casa al mercader árabe. En el camino
consolaba Zadig á su criado exhortándole á tener paciencia, y haciendo, según
acostumbraba, reflexîones sobre las humanas vicisitudes. Bien veo que la
fatalidad de mi estrella se ha comunicado á la tuya. Hasta ahora todas mis
cosas han tomado raro giro: me han condenado á una multa por haber visto pasar
una perra; ha estado en poco que me empalaran por un grifo; he sido condenado á
muerte por haber compuesto unos versos en alabanza del rey; me he huido á uña
de caballo de la horca, porque gastaba la reyna cintas amarillas; y ahora soy
esclavo contigo, porque un zafio ha aporreado á su dama. Vamos, no perdamos
ánimo, que acaso todo esto tendrá fin: fuerza es que los mercaderes árabes
tengan esclavos; ¿y por qué no lo he de ser yo lo mismo que otro, siendo hombre
lo mismo que otro? No ha de ser ningun inhumano este mercader; y si quiere
sacar fruto de las faenas de sus esclavos, menester es que los trate bien. Así
decia, y en lo interior de su corazon no pensaba mas que en el destino de la
reyna de Babilonia.
Dos dias despues se partió el mercader Setoc con sus
esclavos y sus camellos á la Arabia desierta.
Residia su tribu en el desierto de Oreb, y era arduo y largo el camino. Durante
la marcha hacia Setoc mucho mas aprecio del
criado que del
amo, y le daba mucho mejor trato porque sabia cargar mas bien los camellos.
Dos jornadas de Oreb murió un camello, y la carga se
repartió sobre los hombros de los esclavos, cabiéndole su parte á Zadig. Echóse
á reir Setoc, al ver que todos iban encorvados; y se tomó Zadig la libertad de
explicarle la razon, enseñándole las leyes del equilibrio. Pasmado el mercader le
empozó á tratar con mas miramiento; y viendo Zadig que habia despertado su
curiosidad, se la aumentó instruyéndole de varias cosas que no eran agenas de
su comercio; de la gravedad específica de los metales y otras materias en igual
volúmen, de las propiedades de muchos animales útiles, y de los medios de sacar
fruto de los que no lo eran: por fin, le pareció un sabio, y en adelante le apreció
en mas que á su camarada que tanto habia estimado, le dió buen trato, y le
salió bien la cuenta.
Así que llegó Setoc á su tribu, reclamó de un hebreo
quinientas onzas de plata que le habia prestado á presencia de dos testigos;
pero habian muerto ámbos, y el hebreo que no podia ser convencido, se guardaba
la plata del
mercader, dando gracias á Dios porque le habia proporcionado modo de engañar á
un árabe. Comunicó Setoc el negocio con Zadig de quien habia hecho su
consejero. ¿Qué condicion tiene
vuestro deudor? le dixo Zadig. La condicion de un bribon,
replicó
Setoc. Lo que yo pregunto es si es vivo ó flemático,
imprudente ó
discreto. De quantos malos pagadores conozco, dixo Setoc, es
el mas vivo. Está bien, repuso Zadig, permitidme que abogue yo en vuestra
demanda ante el juez. Con efecto citó al tribunal al hebreo, y habló al juez en
estos términos: Almohada del trono de equidad, yo soy venido para reclamar, en
nombre de mi amo, quinientas onzas de plata que prestó á este hombre, y que no
le quiere pagar. ¿Teneis testigos? dixo el juez. No, porque se han muerto; mas
queda una ancha piedra sobre la qual se contó el dinero; y si gusta vuestra
grandeza mandar que vayan á buscar la piedra, espero que ella dará testimonio
de la verdad. Aquí nos quedarémos el hebreo y yo, hasta que llegue la piedra,
que enviaré á buscar á costa de mi amo Setoc. Me place, dixo el juez; y paso á
despachar otros asuntos.
Al fin de la audiencia dixo á Zadig: ¿Con que no ha llegado
esa piedra todavía? Respondió el hebreo soltando la risa: Aquí se estaria
vuestra grandeza hasta mañana, esperando la piedra, porque está mas de seis
millas de aquí, y son necesarios quince hombres para menearla. Bueno está,
exclamó Zadig, ¿no habia dicho yo que la piedra daria testimonio? una vez que
sabe ese hombre donde está, confiesa que se contó el dinero sobre ella. Confuso
el hebreo se vió precisado á declarar la verdad, y el juez mandó que le
pusiesen atado á la piedra, sin comer ni beber, hasta que restituyese las
quinientas onzas de plata que pagó al instante; yel esclavo Zadig y la piedra
se grangeáron mucha reputacion en toda la Arabia.
La hoguera.
Embelesado Setoc hizo de sti esclavo su mas íntimo amigo, y
no podia vivir sin él, como
habia sucedido al rey de Babilonia: fué la fortuna de Zadig que Setoc no era
casado. Descubrió este en su amo excelente índole, mucha rectitud y una sana razon, y sentia ver que adorase el exército
celestial, quiero decir el sol, la luna y las estrellas, como
era costumbre antigua en la Arabia; y le
hablaba á veces de este culto, aunque con mucha reserva. Un dia por fin le dixo
que eran unos cuerpos como
los demas, y no mas acreedores á su veneracion que un árbol ó un peñasco. Sí tal,
replicó Setoc, que son seres eternos que nos hacen mil bienes, animan la
naturaleza, arreglan las estaciones; aparte de que distan tanto de nosotros que
no es posible ménos de reverenciarlos. Mas provecho sacais, respondió Zadig, de
las ondas del mar Roxo, que conduce vuestros
géneros á la India: ¿y por
qué no ha de ser tan antiguo como
las estrellas? Si adorais lo que dista de vos, tambien habeis de adorar la
tierra de los Gangaridas, que está al cabo del mundo. No, decia Setoc; mas el brillo de
las estrellas es tanto, que es menester adorarlas. Aquella noche encendió Zadig
muchas hachas en la tienda donde cenaba con Setoc; y luego que se presentó su
amo, se hincó de rodillas ante los cirios que ardian, diciéndoles: Eternas y
brillantes lumbreras, sedme propicias. Pronunciadas estas palabras, se sentó á la mesa sin mirar á
Setoc. ¿Qué haceis? le dixo este admirado. Lo que vos, respondió Zadig; adoro
esas luces, y no hago caso de su amo y mio. Setoc entendió lo profundo del apólogo, albergó en su alma la sabiduria de su esclavo, dexó de
tributar homenage á las criaturas, y adoró el Ser eterno que las ha formado.
Reynaba entónces en la Arabia un horroroso estilo, cuyo
orígen venia de la Escitia, y establecido luego en las Indias á influxo de los
bracmanes, amenazaba todo el Oriente. Quando moria un casado, y queria ser
santa su cara esposa, se quemaba públicamente sobre el cadáver de su marido, en
una solemne fiesta, que llamaban la hoguera de la viudez; y la tribu mas
estimada era aquella en que mas mugeres se quemaban. Murió un árabe de la tribu
de Setoc, y la viuda, por nombre Almona, persona muy devota, anunció el dia y
la hora que se habia do tirar al fuego, al son da atambores y trompetas.
Representó Zadig á Setoc quan opuesto era tan horrible estilo al bien del humano linage; que
cada dia dexaban quemar á viudas mozas que podian dar hijos al estado, ó criar
á lo ménos los que tenian; y convino Setoc en que era preciso hacer quanto para
abolir tan inhumano estilo fuese posible. Pero añadió luego: Mas de mil años ha
que estan las mugeres en posesion de quemarse vivas. ¿Quién se ha de atrever á
mudar una lej consagrada pur el tiempo? ¿ni qué cosa hay mas respetable que un
abuso antiguo? Mas antigua es todavía la razon, replicó Zadig; hablad vos con
los caudillos de las tribus, miéntras yo voy á verme con la viuda moza.
Presentóse á ella; y despues de hacerse buen lugar
encareciendo su hermosura, y de haberle dicho quan lastimosa cosa era que
tantas perfecciones fuesen pasto
de las llamas, tambien exâltó su constancia y su esfuerzo. ¿Tanto queríais á
vuestro marido? le dixo. ¿Quererle? no por cierto, respondió la dama árabe: si
era un zafio, un zeloso, hombre inaguantable; pero tongo hecho propósito firme
de tirarme á su hoguera. Sin duda, dixo Zadig, que debe ser un gusto exquisito
esto de quemarse viva. Ha, la naturaleza se estremece, dixo la dama, pero no
tiene remedio. Soy devota, y perderia la reputacion que por tal he grangeado, y
todos se reirian de mí si no me quemara. Habiéndola hecho confesar Zadig que se
quemaba por el que dirán y por mera vanidad, conversó largo rato con ella, de
modo que le inspiró algun apego á la vida, y cierta buena voluntad á quien con
ella razonaba, ¿Qué hiciérais, le dixo en fin, si no estuviérais poseida de la
vanidad de quemaros? Ha, dixo la dama, creo que os brindaria con mi mano. Lleno
Zadig de la idea de Astarte, no respondió á esta declaracion, pero fué al punto
á ver á los caudillos de las tribus, y les contó lo sucedido, aconsejándoles
que promulgaran una ley por la qual no seria permitido á ninguna viuda quemarse
ántes de haber hablado á solas con un mancebo por espacio de una hora entera; y
desde entónces ninguna dama se quemó en toda Arabia, debiéndose así á Zadig la
obligacion de ver abolido en solo ua dia estilo tan cruel, que reynaba tantos
siglos habia: por donde merece ser nombrado el bienhechor de la Arabia.
La cena.
No pudiendo Setoc apartarse de este hombre en quien residia
la sabiduría, le llevó consigoá la gran feria de Basora, donde se juntaban los
principales traficantes del
globo habitable. Zadig se alegró mucho viendo en un mismo sitio juntos tantos
hombres de tan varios paises, y le pareció que era el universo una vasta
familia que se hallaba reunida en Basora. Comió el segundo dia á la misma mesa
con un Egipcio, un Indio gangarida, un morador del Catay, un Griego, un Celta,
y otra muchedumbre de extrangeros, que en sus viages freqüentes al seno Arábigo
habian aprendido el suficiente árabe para darse á entender. El Egipcío no cabia
en sí de enojo. ¡Qué abominable pais es Basora! mil onzas de oro no me han
querido dar sobre la alhaja mas preciosa del
mundo. ¿Cómo así? dixo Setoc; ¿sobre qué alhaja? Sobre el cuerpo de mi tia,
respondió el Egipcio, la mas honrada muger de Egipto, que siempre me
acompañaba, y se ha muerto en el camino; he hecho de ella una de las mas
hermosas mómias que pueden verse, y en mi tierra encontraria todo quanto dinero
pidiese sobre esta prenda. Buena cosa es que no me quieran dar siquiera mil
onzas de oro, empeñando un efecto de tanto precio. Lleno de furor todavía iba á
comerse la pechuga de un excelente pollo guisado, quando cogiéndole el Indio de la mano, le dixo
en tono compungido: Ha ¿qué vais á hacer? A comer de ese pollo, le respondió el
hombre de la mómia. No hagáis tal, replicó el Gangarida, que pudiera ser que
hubiese pasado el alma de la difunta al cuerpo de este pollo, y no os habeis de
aventurar á comeros á vuestra tia. Guisar los pollos es un agravio manifiesto
contra la naturaleza. ¿Qué nos traeis aquí con vuestra naturaleza, y vuestros
pollos? repuso el iracundo Egipcio: nosotros adoramos un buey, y comemos vaca.
¡Un buey adorais! ¿es posible? dixo el hombre del
Ganges. ¿Y cómo si es posible? continuó el
otro: ciento treinta y cinco mil años ha que así lo hacemos, y nadie entre
nosotros lo lleva á mal. Ha, en eso de ciento treinta y cinco mil, dixo el
Indio, hay su poco de ponderacion, porque no ha mas de ochenta mil que está
poblada la India, y nosotros somos los mas antiguos; y Brama nos habia prohibido
que nos comiéramos á los bueyes, ántes que vosotros los pusiérais en los
altares y en las parrillas. Valiente animal es vuestro Brama comparado con
Apis, dixo el Egipcio; ¿qué cosas tan portentosas ha hecho ese Brama? El
bracman le replicó: ha enseñado á los hombres á leer y escribir, y la tierra le
debe el juego de axedrez. Estais equivocado, dixo un Caldeo que á su lado
estaba; el pez Oanes es el autor de tan señalados beneficios, y á él solo se le
debe de justicia tributar homenage. Todo el mundo sabe que era un ser divino,
que tenia la cola de oro, y una cabeza humana muy hermosa, y salia del mar para
predicar en la tierra tres horas al dia. Tuvo muchos hijos, que todos fuéron
reyes, como es notorio. En mi casa tengo su imágen, y la adoro como es debido. Lícito es comer vaca hasta no
querer mas, pero es accion impía sobre manera guisar pescado. Dexando esto
aparte, ámbos sois de orígen muy bastarda y reciente, y no podeis disputar
conmigo. La nacion egipcia no pasa de ciento treinta y cinco mil años, y los
Indios no se dan arriba de ochenta mil, miéntras que conservamos nosotros
calendarios de quatro mil siglos. Creedme, y dexaos de desatinos, y os daré á
cada uno una efigia muy hermosa de Oanes. Tomando entónces la palabra el hombre
de Cambalu, dixo: Mucho respeto á los Egipcios, á los Caldeos, á los Griegos, á
los Celtas, á Brama, al buey Apis, y al hermoso pez Oanes; pero el Li ó el
Tien, como le quieran llamar [P. D.: Voces chinas, que quieren decir Li, la luz
natural, la razon; y Tien, el cielo; y tambien significan á Dios.], no valen
ménos acaso que los bueyes y los peces. No mentaré mi pais, que es tamaño como
el Egipto, la Caldea y las Indias juntas, ni disputare acerca de su antigüedad,
porque lo que importa es ser feliz, y sirve de poco ser antiguo; pero si se
trata de almanaques, diré que en toda el Asia corren los nuestros, y que los
poseíamos aventajados, ántes que supieran los Caldeos la arismética.
Todos sois unos ignorantes, todos sin excepcion, exclamó el
Griego. ¿Pues qué, no sabeis que el padre de todo es el caos, y que el estado
en que vemos el mundo es obra de la forma y la materia? Habló el tal Griego
largo rato, hasta que le interrumpió el Celta, el qual habia bebido miéntras
que altercaban los demas, y que creyéndose entónces mas instruido que todos,
dixo echando por vidas, que solo Teutates y las agallas de roble merecian
mentarse; que él llevaba siempre agallas en el bolsillo; que sus ascendientes
los Escitas eran los únicos sugetos honrados que habia habido en el universo,
puesto que de verdad comian á veces carne humana, pero que eso no quitaba que
fuesen una nacion muy respetable; por fin, que si alguien decia mal de
Teutates, él le enseñaria á no ser mal hablado. Encendióse entónces la
contienda, y vió Setoc la hora en que se iba á ensangrentar la mesa. Zadig, que
no habia desplegado los labios durante la altercacion, se levantó, y
dirigiéndose primero al Celta, que era el mas furioso, le dixo que tenia mucha
razon, y le pidió agallas; alabó luego la eloqüencia del Griego, y calmó todos
los ánimos irritados. Poco dixo al del Catay,
que habia hablado con mas juicio que los demas; y al cabo se explicó así:
Amigos mios, íbais á enojaros sin motivo, porque todos sois del mismo dictámen. Todos se alborotáron al
oir tal. ¿No es verdad, dixo al Celta, que no adoráis esta agalla, mas sí al
que crió el roble y las agallas? Así es la verdad, respondió el Celta. Y vos,
Señor Egipcio, de presumir es que en un buey tributais homenage al que os ha
dado los bueyes. Eso es, dixo el Egipcio. El pez Oanes, continuó, le debe ceder
á aquel que formó la mar y los peces. Estamos conformes, dixo el Caldeo. El
Indio y el Catayés reconocen igualmente que vosotros, añadió, un principio
primitivo. No he entendido muy bien las maravillosas lindezas que ha dicho el
Griego, pero estoy cierto de que tambien admite un ser superior del qual depende la
forma y la materia. El Griego, que se vía celebrado, dixo que Zadig habia
comprendido perfectamente su idea. Con que todos estais conformes, repuso
Zadig, y no hay motivo de contienda. Abrazóle todo el mundo; y Setoc, despues
de haber vendido muy caros sus géneros, se volvió con su amigo Zadig á su
tribu. Así que llegó, supo Zadig que se le habia formado causa en su ausencia,
y que le iban á quemar vivo.
Las citas.
Miéntras este viage á Basora, concertáron los sacerdotes de
las estrellas el castigo de Zadig. Pertenecíanles por derecho divino las
piedras preciosas y demas joyas de las viudas mozas que morian en la hoguera; y
lo ménos que podian hacer con Zadig era quemarle por el flaco servicio que les
habia hecho. Acusáronle por tanto de que llevaba opiniones erróneas acerca del exército celestial,
y declaráron con juramento solemne que le habian oido decir que las estrellas
no se ponian en la mar. Estremeciéronse los jueces de tan horrenda blasfemia;
poco faltó para que rasgaran sus vestiduras al oir palabras tan impías, y las
hubieran rasgado sin duda, si hubiera tenido Zadig con que pagarlas; mas se
moderáron en la violencia de su dolor, y se ciñéron á condenar al reo á ser
quemado vivo. Desesperado Setoc usó todo su crédito para librar á su amigo,
pero en breve le impusiéron silencio. Almona, la viuda moza que habia cobrado
mucha aficion á la vida, y se la debia á Zadig, se resolvió á sacarle de la hoguera,
que como tan abusiva se la habia él presentado; y formando su plan en su
cabeza, no dió parte de él á nadie. Al otro dia iba á ser ajusticiado Zadig:
solamente aquella noche le quedaba para libertarle, y la aprovechó como muger caritativa y
discreta.
Sahumóse, atildóse, aumentó el lucimiento de su hermosura
con el mas bizarro y pomposo trage, y pidió audiencia secreta al sumo sacerdote
de las estrellas. Así que se halló en presencia de este venerable anciano, le habló
de esta manera: Hijo primogénito de la Osa mayor, hermano del
toro, primo del
can celeste (que tales eran los dictados de este pontífice), os vengo á fiar
mis escrúpulos. Mucho temo haber cometido un gravísimo pecado no quemándome en
la hoguera de mi amado marido. Y en efecto, ¿qué es lo que he conservado? una
carne perecedera, y ya marchita. Al decir esto, sacó de unos luengos mitones de
seda unos brazos de maravillosa forma, y de la blancura del mas puro alabastro. Ya veis, dixo, quan
poco vale todo esto. Al pontífice se le figuró que esto valia mucho:
aseguráronlo sus ojos, y lo confirmó su lengua, haciendo mil juramentos de que
no habia en toda su vida visto tan hermosos brazos. ¡Ay! dixo la viuda, acaso
los brazos no son tan malos; pero confesad que el pecho no merece ser mirado.
Diciendo esto, desabrochó el mas lindo seno que pudo formar naturaleza; un
capullo de rosa sobre una bola de marfil parecia junto á él un poco de rubia
que colora un palo de box, y la lana de los albos corderos que salen de la
alberca era amarilla á su lado. Este pecho, dos ojos negros rasgados que suaves
y muelles de amoroso fuego brillaban, las mexillas animadas en púrpura con la
mas cándida leche mezclada, una nariz que no se semejaba á la torre del monte
Libano, sus labios que así se parecian como dos hilos de coral que las mas
bellas perlas de la mar de Arabia ensartaban; todo este conjunto en fin
persuadió al viejo á que se habia vuelto á sus veinte años. Tartamudo declaró
su amor; y viéndole Almona inflamado, le pidió el perdon de Zadig. ¡Ay!
respondió él, hermosa dama, con toda mi ánima se le concediera, mas para nada
valdria mi indulgencia, porque es menester que firmen otros tres de mis
colegas. Firmad vos una por una, dixo Almona, Con mucho gusto, respondió el sacerdote,
con la condicion de que sean vuestros favores premio de mi condescendencia.
Mucho me honrais, replicó Almona; pero tomaos el trabajo de venir á mi quarto
despues de puesto el sol, quando raye sobre el horizonte la luciente estrella
de Scheat; en un sofá color de rosa me hallaréis, y haréis con vuestra sierva
lo que